La depresión: el infierno en vida que puede matarte

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Hace poco nos enteramos de dos suicidios que nos parecían imposibles de imaginar, dos personas que a nuestros ojos parecían tenerlo todo: fama, dinero, pareja, amigos y un trabajo soñado. ¿Cómo es posible que pensaran en quitarse la vida si lo tenían todo? ¿Por qué estaban tristes?, ¿Qué les faltaba?, ¿Por qué se sentían tan solos?.

Esto salió en las noticias y nos enteramos todos viéndolo como algo muy lejano que a ti o a tus amigos nunca les pasará porque lo tienen todo y son muy felices pero es muy fácil hablar desde afuera, nadie más conoce sus fantasmas y monstruos mas que uno mismo. La depresión y los trastornos mentales es algo más común de lo que imaginas y puedes estarlo viviendo sin saberlo o alguien muy cercano a ti a quien puedes salvarle la vida. A mí me pasó y quiero contarte mi historia porque creo que a todos los que lo vivimos algún día nos faltó algo muy importante: INFORMACIÓN y COMPRENSIÓN.

La depresión, es una enfermedad silenciosa de la que pocos saben y de la que muchos padecen, el término depresión ha sido manoseado de tal forma que la gente hoy cree que cualquiera tiene depresión, y que la depresión es sólo sentirse triste un día y que se cura “echándole ganas” y siendo feliz, así de simple, entonces es cuando la gente empieza a confundirse. El término está tan normalizado que nadie presta atención a esta enfermedad, hasta que a veces ya no hay marcha atrás.

La depresión de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, es un trastorno mental frecuente que se caracteriza por la presencia de tristeza, pérdida de interés o placer, sentimientos de culpa o falta de autoestima, trastornos del sueño o del apetito, sensación de cansancio y falta de concentración. Puede llegar a hacerse crónica o recurrente y dificultar sensiblemente el desempeño en el trabajo o la escuela y la capacidad para afrontar la vida diaria. En su forma más grave, puede conducir al suicidio. En algunos casos esta enfermedad es causada por un desajuste de las sustancias químicas del cerebro y en otras ocasiones es parte de una herencia familiar.

Advierto, yo no soy psicóloga, ni psiquiatra para hablar del tema, pero hace muchos años pasé por el camino de la depresión. Es algo muy íntimo para compartir y muchos ni siquiera lo saben, pero me parece importante poder compartir mi historia para que si a alguna persona le resuena pueda servir de algo esta lectura. La cosa no es fácil, podría describir a esta enfermedad como una nube negra que se apodera de tu cerebro por completo acompañada de un vacío que te ahoga hasta desesperarte queriendo escapar de ti mismo. Te hace ver la vida en negro y sentir que aunque tengas todo, todo está mal en tu vida. Es como vivir en el infierno y sufrir por tratar de sonreír para ser socialmente aceptado.

Yo tenía un buen trabajo, un novio, una familia amorosa, me considero una chica guapa, segura de si misma y con pocos pero verdaderos amigos, así que por supuesto no había motivo para lo que comúnmente llama la gente “deprimirse”. ¿Qué me faltaba en la vida? ¡Por Dios Rebeca! ¡Échale ganas! ¡Eres una chica joven! ¡Lo tienes todo! Y al ritmo de esas brillantes recomendaciones de amigos y familiares una nube negra se empezó a apoderar de mi ser.

Un infierno en vida gente. Un infierno dentro de tu cuerpo que consume tus energías, tu carne, tu vida, tu alma, tu ser, tu corazón. Nunca he querido quitarme la vida pero hubiera dado todo porque en esos momentos me sacaran eso que tanto me dolía y no sabía qué era, que me extirparan el cerebro, que me quitaran todos esos pensamientos que me atormentaban y que tuviera tantitas ganas de levantarme para “echarle ganas” como todos me suplicaban.

Tenía todo pero me faltaba todo, me sentía triste sin razón alguna, había días que pasaba llorando inconsolablemente. Mi novio de ese entonces, mi familia, mis amigos, no lo entendían, no sabían que un abrazo suyo y escucharme podrían haberme contenido mucho más que cualquier cosa, no sabían que tenía una enfermedad llamada depresión y que no tiene que ver con “es una dramática” o “está loca” o “échale ganas, lo tienes todo”. No los culpo. No tenían ninguna información al respecto. No sabían que mis acciones en ese momento, no eran normales, si no causa de una enfermedad clínicamente diagnosticada y que lloraba porque estaba pidiendo a gritos ayuda. Nadie sabía cómo ayudarme. Ni yo. Y yo sentía que todo era culpa mía, por no “echarle ganas” a la vida.

Me sentía sola y a la vez no quería ver a nadie, estaba ansiosa todo el día y tenía mil ideas en la cabeza que me volvieron una persona insegura, hicieron que muchos de mis amigos se alejaran de mi, porque no entendían mi tristeza, no entendían que no quisiera ir a trabajar, no entendían que no quisiera salir a una fiesta como antes, no entendían por qué no “valoraba lo que tenía”, no entendían por qué mi lugar favorito era debajo de las sábanas junto con mis fantasmas, mis lágrimas y mi infierno, el único lugar donde me sentía segura.

La depresión no sólo consumía mi cerebro, consumió toda mi carne, no tenía ganas de comer, así que empecé a engañar a la gente para que no notaran que ya no estaba comiendo y así perdí 10 kilos en un par de semanas, y no no es lo mismo perderlos por estar sana que perderlos porque la vida te está consumiendo. El peor día de mi vida fue después de ir a una boda con mi ex, me tardé años en elegir un vestido que me quedara con los pocos kilos que pesaba, me maquillé para no dejar ver la tristeza y la inseguridad que tenía e intenté fingir ante todos una felicidad que no existía. Cuando volví a casa después de la fiesta, me quité la máscara, me desvestí frente al espejo y me vi sin maquillaje con unas ojeras y unos hoyos en los ojos impresionantes, me vi completamente desnuda y pude ver mis costillas salirse de mi piel de lo flaca que estaba. Y me puse a llorar desconsoladamente y no paré por horas. Recuerdo que aquel novio quiso llevarme al hospital en esos momentos de lo mal que me vio, no lo dejé, pero fue la llamada de atención que necesitaba para pedir ayuda profesional.

Desafortunadamente caí en manos de un psiquiatra deshonesto con muy poca ética que sólo quería sacarme dinero, que me medicó de una forma terrible, jamás me explicó de qué iba la enfermedad y me hizo sentir peor en cada visita, pero entre toda la gente a mi alrededor hubo una amiga que se dio cuenta de lo que yo tenía y que había pasado por lo mismo alguna vez y que se convirtió en mi ángel en ese momento, se acercó a mi y me recomendó un doctor distinto y ahí empecé a ver la luz. Ese doctor platicó conmigo, me dio esperanzas y me recetó un tratamiento que en unos meses me hizo volver a mi ser. De hecho en un par de semanas comencé a sentirme mejor. Pasé de ser un trapo de persona a una mujer sana y con luz.

Mi amiga me explicó que la depresión es una enfermedad como cualquier otra, que cuando tomas el tratamiento adecuado y la terapia correcta la vida vuelve a ser maravillosa. No le creí porque en ese momento veía todo negro, pero así fue y con ayuda de un psiquiatra, una psicóloga y una nutrióloga la vida volvió a mi ser, a mi corazón y a mi cuerpo. Mis atributos volvieron a su lugar. ¡Y la sonrisa volvió a mi cara! Hoy no hay una sola persona que no me diga lo bonita que es mi sonrisa. No sólo fueron los medicamentos, fue la terapia, la comida, llevar una vida sana, quitar lo que me hacía daño (como aquel ex novio), hacer ejercicio, leer cosas positivas, salir poco a poco, recuperar a los amigos perdidos, explicarles que cuando era un trapo no había podido ir a sus fiestas, o ser su amiga, pero que había vuelto mejorada.

Hoy en día la enfermedad no ha vuelto de esa manera a mi vida. Las veces que ha querido asomarse por mi ventana ya no la dejo seguir y corro de inmediato al doctor al primer síntoma para no volver a caer en ese hoyo negro además de que procuro no tener detonadores de la enfermedad, y aunque a veces eso es imposible, trato de hacer lo que me gusta como escribir, viajar y comer. Después de esa bendita enfermedad que se llevó mis ganas de comer, no puedo mas que disfrutar de la buena comida ahora que estoy sana. Y trato de amar mucho, y de estar cerca de la gente que se siente como yo me sentí algún día para platicar con ellas y poderles dar tantita luz a sus vidas. Si la gente entendiera que es una enfermedad como cualquiera, un problema que de detectarse a tiempo puede solucionarse. Si la gente dejara de llamar a la ligera depresión a cualquier cosa, si dejáramos de juzgar a quien va a un psiquiatra o a un psicólogo, si dejáramos de satanizar a los medicamentos, sería más normal pedir ayuda.

Decirle a alguien con depresión: “Échale ganas y sé feliz” y con eso verás que te curas es lo mismo que decirle a alguien con cáncer que haciendo lo mismo se curará. Claro que los pensamientos hacen milagros, pero gente, cuando uno está así no es dueño de sus pensamientos. Cada enfermedad es distinta pero hay que darle la seriedad correcta a las cosas.

Si te sientes mal y tienes algunos de estos síntomas: “ansiedad, agitación, inquietud e irritabilidad; cambio drástico en el apetito, a menudo con aumento o pérdida de peso; problemas significativos de concentración; fatiga y falta de energía; sentimientos de desesperanza, impotencia e inutilidad; odio a uno mismo; sentimiento de culpa; tendencia a aislarse; pérdida del interés en actividades que antes se disfrutaban; pensamientos sobre la muerte o el suicidio; y problemas para dormir o de sueño excesivo”(Pubmed Health), presta atención a tu cuerpo y no dudes en buscar ayuda profesional, sólo ellos podrán decirte qué es lo que puedes hacer para dejar de ver negro todo en la vida, a veces no se puede solo. La vida está bien bonita y hay que verla de colores, así que no pierdas mucho tiempo viéndola en negro: INFÓRMATE, PIDE AYUDA.

A todos los demás, tengamos cuidado de nombrar a alguien loca, deprimida, histérica, cuidemos nuestras palabras. Nunca sabes las batallas que otros están pasando. No juzgues, no regañes, no pidas que le eche ganas, no esperes que una persona enferma sea resolutiva, mejor ayúdala y platica con ella. Nunca nadie elige tener depresión, simplemente te pasa, como cualquier otra enfermedad. Sé compasivo con el de al lado, nuestras palabras pueden llegar a afectar a otros de maneras inimaginables. Escoge el amor y la ternura para el mundo. Un -hola cómo estás-, un cumplido, un te quiero, un abrazo a tiempo puede salvar una vida.

Aprendamos a escuchar y a leer a la gente, si tienes un amig@ que no actúa como normalmente lo hace, habla con él y no lo dejes solo, pregúntale si está bien, trata de entenderlo aunque no lo entiendas, escúchalo, acompáñalo y sobre todo respétalo.

Esta era y soy yo. No dejes nunca que tu luz se apague.

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Espero que esta historia tan personal pueda al menos tocar alguna vida. Y no te tardes mucho en pedir ayuda, a tu familia, a tus amigos, pero sobre todo a un profesional. Haz de tu salud mental una prioridad. Piensa bonito, ama bonito.

Imagen por: @monicarecek

 

Autor: @lamariarebeca

Publicista, bloggera, adicta a las redes sociales y al amor bonito.

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